Desde el CorazónLupita Venegas Querida Lupita:Tengo miedo. Miedo de todo; de salir, de hablar, de hacer cualquier cosa. Lotengo todo, pero me siento desolada. Me duele ver que mis hijos sufren al vermeasí. Todos a mí alrededor están cansados. Yo también. Ya no quiero vivir. Estacarta es una llamada de auxilio. Verónica. Hermana mía:Recibe un …

Desde el Corazón
Lupita Venegas

Querida Lupita:
Tengo miedo. Miedo de todo; de salir, de hablar, de hacer cualquier cosa. Lo
tengo todo, pero me siento desolada. Me duele ver que mis hijos sufren al verme
así. Todos a mí alrededor están cansados. Yo también. Ya no quiero vivir. Esta
carta es una llamada de auxilio.

Verónica.

Hermana mía:
Recibe un cálido abrazo y mi compañía.
Plasmas en tu carta la imagen exacta de la modernidad. Dices tenerlo todo,
menos la felicidad.
 
¿Cómo es posible?
 
Hagamos un poco de historia. El concepto de felicidad ha ido sufriendo
modificaciones. Los grandes pensadores antiguos hablaban de la felicidad-virtud,
mientras que los contemporáneos nos presentan el anhelo de la felicidad-placer.
La diferencia es que antes se aceptaba llanamente que la felicidad era fruto
de un desarrollo personal, de una práctica de las virtudes. Era feliz quien se
esforzaba en vivir dignamente, como verdadero ser humano.  Hoy, nos han
convencido de que tenemos “el derecho a ser felices”; escuchamos a motivadores y
líderes de opinión repitiéndonos esta desafortunada frase que nos creemos con
ingenua facilidad.
La filosofía más rigurosa nos dice, por el contrario, que la felicidad no es un
derecho sino un deber. ¡Y es verdad!, tú y yo tenemos “obligación” de conquistar la
felicidad para la que nacimos.
Esta felicidad se conquista. Es trabajo arduo que nos lleva a esa sensación
interior de paz y armonía. No podemos cosechar lo que no hemos sembrado. “Cada
cual cosechará según lo que haya cultivado” nos dice San Pablo, y el Padre Sálesman agrega:

“Quien cultiva pensamientos tristes cosechará depresión. Pero
quien siembra pensamientos entusiastas, cosechará una muy buena salud mental”.
 
A desenredar la madeja
 
No quiero culparte, sino todo lo contrario, liberarte. Es necesario conocer la
verdadera causa para poder erradicar el mal, de raíz.
Cuando una persona lo tiene todo, se parece a aquella araña orgullosa a la
que todo le salía bien. Una vez dedicó mucho tiempo a construir su telaraña. Colocó
un hilo largo de un punto a otro y sobre él empezó a tejer. Lo hizo tan bien, que al
mirar su obra concluida se dijo a sí misma: “¡Qué belleza de tela he confeccionado!,
sólo me estorba ese hilo del centro”. Lo cortó y… toda la telaraña se vino abajo.
Cuando cortamos lo esencial, todo se derrumba. Quitamos a Dios de nuestras
vidas y NADA puede suplir su ausencia en nuestro corazón.  Revisa tu vida. Es
probable que, al salirte todo bien, hayas llegado a considerar que fue gracias a ti o
a los tuyos, negándote a agradecer cotidianamente a Dios, pues todo es un “don”
que de Él proviene.
Ahora bien, es incuestionable que sufres los efectos de una fuerte depresión.
Acepta que estás enferma y déjate ayudar.
Primeramente acude a la única fuente de felicidad auténtica: Cristo.
Enseguida llena tu mente de ideas positivas. Cree en ti, en tus capacidades.
Yo aprecio mucho el que, a pesar de tu dolor, supiste empezar tu carta con una
palabra cariñosa; me dijiste: “Querida Lupita”. ¡Eso habla de tu valor!, tienes una
gran calidad humana, te diste un espacio para amar, cuando todo lo que quisieras
es que te amaran. ¡Tienes un corazón generoso y vas a triunfar!
En tercer lugar, recuerda que debes recibir el diagnóstico de un especialista
en problemas de la mente. A veces nuestra depresión no es sólo por causas
externas sino por desórdenes bioquímicos a nivel cerebral. Si esto existe, puede
determinarlo el experto, quien será de gran ayuda al prescribirte algunos
medicamentos adecuados.

Lupita Venegas

¡Dios cree en ti!,
pero ahora te toca creerle a Él.

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Ce Chavez

Ce Chavez

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